Breve antología del llanto en política

Nov 10

Breve antología del llanto en política

La tercera acepción del diccionario de la Real Academia de la Lengua para el término llorar lo define como “sentir vivamente algo“. Aunque estemos acostumbrados a sus estudiadas poses, frases calculadas y comportamiento correcto y predecible, los políticos a veces se ven superados por las emociones y muestran su lado más humano. Sometidos a una gran presión, el llanto se convierte en la expresión y vía de escape de las más diversas emociones: alegría, tristeza, impotencia, rabia, dolor…

En un mundo tan calculado como es el del marketing político, siempre nos quedará la duda de si las lágrimas son verdaderas o una expresión forzada, habida cuenta de que, en lugar de demostrar debilidad, hacen más fuerte a quien derrama lágrimas en público puesto que le humaniza, le convierte automáticamente en una persona sensible a las cuestiones que nos preocupan (“es uno de los nuestros”), generando nuestras simpatías y empatía hacia quien es capaz de hacer en público algo que consideramos privado, como es mostrar nuestros sentimientos más íntimos.

Todos los políticos no son iguales y no todos son capaces de hacer gala de este liderazgo emocional, porque, como afirma Antoni Gutiérrez Rubí hablando de la política de las emociones, “aceptada la ‘inteligencia emocional’, los políticos comienzan a valorar la gestión de las emociones como vehículo decisivo para generar los sentimientos que les permitirán transmitir -de manera que se perciba- un determinado mensaje en las mejores condiciones”.

Sin ánimo de ser exhaustivo, sirva esta breve antología del llanto en política como ejemplo de lo anterior.

Y es que recientemente, el reelegido presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, era el último de los dirigentes que lloraba de emoción tras conseguir la victoria. Dirigiéndose a los voluntarios del cuartel general de su campaña en Chicago, en su discurso de agradecimiento, al afirmar que se sentía “orgulloso del trabajo realizado y por el futuro que espera a los jóvenes que han colaborado en el día a día a su victoria para la reelección”, no pudo contener las lágrimas. Un vídeo que hemos podido ver todos ya que él mismo ha subido a su web y remitido por correo electrónico a los seguidores de su plataforma My.BarackObama

No es la primera vez que sucedía, ya que hace unos días, en el cierre de campaña en Iowa, al referirse al movimiento donde “todo comenzó”, también se le escapaba una lágrima. Y en las anteriores elecciones también sucedió, en el mismo acto pero en Virginia, aunque en esta ocasión eran motivadas por el fallecimiento de su abuela.

Siguiendo con la política estadounidense, fueron muy llamativas las lágrimas de la candidata Hillary Clinton en las primarias demócratas (2008). No pudo controlar la presión a la que estaba sometida tras ser la favorita y verse relegada en los primeros estados y se desplomó rompiendo la visión que se tenía de ella de una mujer dura y sin sentimientos. Curiosamente, ganó las siguientes elecciones primarias en New Hampshire.

Otro de los últimos llantos que más impacto causaron fue el de la ministra de trabajo italiana, Elsa Fornero, al anunciar en rueda de prensa los drásticos recortes que debían acometer. Un gesto sincero, de credibilidad, emocionado al pronunciar la palabra “sacrificio”.

Y acudiendo a nuestro país, fue el entonces lehendakari Patxi López, quien se emocionaba en el primer acto tras el anuncio del cese de la violencia terrorista al recordar el terror de ETA y a cuantos compañeros y ciudadanos ya no estaban.

Recientemente hemos visto emocionarse a Esperanza Aguirre al abandonar la política activa y reconfortar a una desconsolada Lucia Figar más afectada que la propia protagonista.

Otros líderes políticos que han derramado lágrimas en público han sido la histriónica Cristina Fernández de Kirchner en su última toma de posesión (aunque suele ser bastante habitual en ella), Lula da Silva al repasar los logros de su mandato, Gordon Brown al recordar la muerte de su hijo e incluso Vladimir Putin, entre otros muchos.

A la vista de los ejemplos aquí mostrados derribamos, en primer lugar, el mito de que los hombres no lloran, y, en segundo término, no estamos pidiendo en este post que los candidatos, ministros o presidentes deban llorar a la primera ocasión que se presente, sino que pierdan el miedo a exponer sus sentimientos en público, ya que les mostrarán como personas sensibles y cercanas en un terreno en el que la impostura de las apariencias despersonaliza a los políticos.

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