¿Qué papel deben tener los expresidentes?

Oct 06

¿Qué papel deben tener los expresidentes?

Hace unos meses, José María Aznar, presidente del gobierno español entre 1996 y 2004, concedía una entrevista en televisión donde negaba las acusaciones de corrupción que, de la mano del “caso Bárcenas” y la presunta financiación irregular del PP, afectaban a su gestión y vienen monopolizando la política española en los últimos años. Además, aprovechaba dicha comparecencia para hacer una defensa de sí mismo con carácter preventivo, de su legado político, y criticar la gestión del actual presidente, Mariano Rajoy, designado por él mismo, afirmando -a la pregunta de si se planteaba volver a la política- que “cumpliría con su responsabilidad, su conciencia, su partido y su país”.

Decía Voltaire que “la pasión de dominar es la más terrible de todas las enfermedades del espíritu humano” y, desde luego, la ausencia de poder, de la noche a la mañana,  de hombres que han alcanzado el más alto lugar de dominio político de un país, les conduce a una situación de vacío que no todos los mandatarios saben reconducir. De la tensión diaria, los teléfonos que no paran de sonar, una agenda interminable y ser la última persona sobre la que recae la responsabilidad de adoptar importantes decisiones, se pasa a la calma, los teléfonos mudos y el interés de los medios de comunicación hacia otras personas.

El politólogo neerlandés Paul’t Hart, especialista en liderazgo público y comportamiento de élites, en su libro “Cuando el poder cambia de manos. Psicología política de la sucesión de liderazgo en las democracias“, coescrito con el politólogo sueco Fredrik Byander, afirma que “dejar el poder es una exigencia dura para personas que han dedicado la mayor parte de su vida profesional a buscar, amasar y utilizar el poder”.

Lo cierto es que no hay manual de instrucciones para abandonar el poder, pero lo que recomiendan los expertos, tras el vacío y la deshabituación, es liberarse, salir del  duelo de la pérdida del poder y recuperar los espacios vitales arrinconados por la actividad política y buscar un nuevo papel en un reaprendizaje vital.

Otro de los principales problemas es que, en España, los expresidentes han abandonado sus cargos a edades en las que cualquier otra persona está en su plenitud laboral y en la que en otros países se accede a las presidencias: Felipe González con 54 años y José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero con 51 años (en este artículo nos referiremos siempre a ellos tres al haber fallecido Leopoldo Calvo-Sotelo –presidente de 1981 a 1982- y encontrarse retirado de la vida pública Adolfo Suárez por una enfermedad –presidente de 1977 a 1981-). Con tantos años de vida laboral todavía por delante, y en plena madurez personal, los expresidentes se plantean qué hacer: ¿seguir en política o mantenerse al margen?, ¿pasar al ámbito privado u ocupar un cargo institucional? Revisemos qué han hecho nuestros ex mandatarios.

expresidentes con el rey

Foto inédita de los últimos cuatro presidentes con el Rey en el acto en el que se entregaba a Nicolas Sarkozy el Toisón de Oro (2012). Foto Efe -Juanjo Martín

Felipe González (presidente de 1982 a 1996) continuó como diputado otros siete años más pero no participó mucho en la vida parlamentaria, creando en 2001 su propia sociedad para gestionar su actividad privada. A nivel de partido, forma parte del Congreso Progreso Global (de la Fundación Ideas del PSOE), es presidente de Honor de la Fundación Tomás Meabe y sigue formando parte del Comité Federal del PSOE y del Consejo de Política Internacional del partido. Ha sido embajador plenipotenciario y extraordinario para la celebración del bicentenario de la independencia de América, presidente del Grupo de Reflexión sobre el Futuro de Europa o Comité de Sabios y, desde 2010, forma parte del Consejo de Administración de Gas Natural Fenosa, además de dar conferencias por todo el mundo, especialmente en América Latina. También ha publicado cuatro libros.

Cuando dejó el poder, José María Aznar (1996-2004) se inventó una vida y una profesión. Aunque a nivel orgánico preside la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) del PP, desde donde lanzaba antes sus ataques al Gobierno socialista y, ahora, opina sobre los asuntos internos de su partido; a nivel privado, y tras aprender inglés, afirma que pasa el 70% de su tiempo fuera de España entre sus variadas actividades como conferenciante, profesor en las Universidades de Georgetown y Johns Hopkins; asesor senior del consejo mundial del despacho de abogados DLA Piper; miembro de los consejos de administración de las empresas Endesa, News Corporation, The Wall Street Journal, la división para América Latina de J.E., del International Advisory Board de Banick Gold Corporation; presidente de la Iniciativa Friends of Israel; miembro del comité asesor internacional del Consejo Atlántico de Estados Unidos y presidente europeo de su iniciativa para Latinoamérica. Como su predecesor en el cargo, también ha escrito varios libros desde que dejó el Gobierno.

Por su parte, José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2011) es el único que ha aceptado formar parte del Consejo de Estado –del que es miembro nato en su calidad de expresidente del Gobierno- y preside el Congreso Progreso Global (un órgano de asesoramiento estratégico de la Fundación Ideas del PSOE). Sin embargo, sus conferencias o intervenciones públicas son escasas, a pesar de que, según sus colaboradores “recibe muchas invitaciones, pero acepta muy pocas”, y tampoco viaja mucho. En este tiempo ha escrito un libro de su particular memoria de la crisis que espera publicar en otoño.

Respecto a la relación que han mantenido con sus antecesores en el cargo, también nos encontramos con diferentes actitudes. Felipe González nunca se ha abstenido de manifestar su opinión cuando lo ha considerado oportuno, tanto para hablar de las decisiones de su partido, primero en la oposición, y después en el Gobierno. Sin embargo, lo que nunca ha hecho es solicitar una entrevista para hablar ex profeso de ello ni perjudicar con sus palabras a su país, como él mismo ha declarado.

A pesar de haberle designado personalmente, la tónica de la relación entre Aznar y Rajoy es la frialdad (algunos hablan incluso de que ha pasado por varios niveles: soportarse y aguantarse hasta ignorarse, pero nunca la colaboración). En primer lugar por la inesperada derrota electoral de 2004, agravada después por el errático comportamiento de Rajoy y su desmarque de la teoría de la conspiración sobre el ataque terrorista del 11-M, según Aznar. Y posteriormente hemos asistido a periódicas críticas del primer presidente popular (lamentándose de la ausencia de un relato coherente en el gobierno; la intervención de Bankia que ponía en entredicho su principal activo al frente del Gobierno como fue la gestión económica; o porque se ha sentido muy solo en la defensa de su honorabilidad como responsable del partido en unos años que ahora se ven empañados por los casos de corrupción de la Gürtel y la actuación del extesorero Luis Bárcenas) hasta la entrevista televisiva que mencionábamos al principio de este artículo.

También afirmó hace unos meses, en una Convención de Aseguradores de México, que “mucha gente me está pidiendo que vuelva” adoptando una postura poco democrática y demagógica, de salvapatrias, que evidencia el culto a la personalidad y alta estima que se tiene a si mismo. Sin embargo, más allá del ruido mediático que suponen las críticas del presidente de honor del partido (aupado también por algún medio de comunicación con el objetivo de debilitar más el cuestionado liderazgo de Rajoy) y del malestar que provocan estas declaraciones en las filas de su propio partido (con el riesgo de dividirlo internamente y aumentar la hostilidad en el entorno), no parece que vayan a tener consecuencias políticas al no disponer Aznar del control del partido ni de apoyos clave en el PP que quieran y puedan disputarle el liderazgo actualmente a Rajoy.

Por su parte, la relación de Zapatero con el presente Gabinete y su sucesor en el PSOE (también designado por él aunque luego celebraran primarias) es, de momento, impecable, cumpliendo su palabra nada más abandonar la Moncloa de que no interferiría en la agenda política española.

2013-06-02 Sciammarella_EL PAÍS

González, Aznar y Zapatero caricaturizados por Sciammarella para El País

En definitiva, constatado lo anterior, cada expresidente se ha comportado como ha ejercido su presidencia y según su estilo de liderazgo ha encontrado su propia salida y sigue actuando. Pero aunque digan adiós, siguen supervisando desde sus atalayas los pasos de sus sucesores, ya sea en el partido o en el gobierno, vigilando que cuiden y defiendan su legado, como si se sintieran responsables de su deriva, incapaces de asimilar que ya no son imprescindibles. Es el síndrome del expresidentes.

En España, visto lo visto, abandonar esta altísima responsabilidad significa el no retorno, algo que no sucede, por ejemplo, en el mundo empresarial, en el que se entra y sale con normalidad (o en el deportivo, aunque no es equiparable, salvo en lo que supone de volver a la primera línea de actividad, tener la ansiada visibilidad que satisfaga nuestro ego narcisista).

Felipe González acuñó con éxito la definición de “jarrón chino” para referirse a él mismo y sus homólogos expresidentes: un objeto grande, bonito y valioso que nadie sabe dónde poner ni que hacer con él para no romper. Y es que en todas las democracias se vive como un problema no resuelto qué hacer con los altos cargos públicos una vez que abandonan sus cargos y, especialmente, los expresidentes del Gobierno.

Sin embargo, en Estados Unidos, al tener limitación de mandatos, la asunción del fin del poder es diferente porque se aprovecha su bagaje, sobre todo en el ámbito diplomático con una misión de apoyo en la política exterior. Por ejemplo, Richard Nixon realizó numerosos viajes al extranjero, incluyendo la República Popular China y Rusia. Jimmy Carter actuó como mediador internacional, defensor de los derechos humanos en todo el mundo y fue galardonado con el Premio Nobel de Paz en 2002. Bill Clinton también ha realizado gestiones de mediación y negociación a nivel internacional, como en el caso de sus gestiones para la liberación de los periodistas estadounidenses Laura Ling y Euna Lee en Corea del Norte.

El presidente de EEUU, Barack Obama, y los cuatro expresidentes vivos del país

El presidente de EEUU, Barack Obama, y los cuatro expresidentes vivos del país

En Israel también viven la política de otra manera y varios de sus primeros ministros han repetido en diferentes periodos. Incluso en Francia, Laurent Fabius, por ejemplo, fue ministro de varias carteras hasta llegar a ser primer ministro, después presidente de la asamblea nacional y actualmente dirige los Asuntos Exteriores.

Otro de los problemas que surgen es cuando son contratados, a pesar del breve periodo de incompatibilidad, para poner al servicio de la empresa privada los conocimientos que han adquirido en el ejercicio de su cargo (como Tony Blair o Gerhard Schröder). Son remunerados muy bien por ello al tiempo que siguen recibiendo la pensión como expresidentes, establecida para evitar, precisamente, que caigan en esas tentaciones, recibiendo compensación por dos vías, una pública y otra privada.

En España, el Real Decreto 405/1992, de 24 de abril, por el que se regula el Estatuto de los Ex Presidentes del Gobierno, además de su reconocimiento protocolario, resuelve que podrán disponer de los medios y prerrogativas siguientes: dos puestos de trabajo a su servicio como «personal eventual de gabinete»; una dotación para gastos de oficina, atenciones de carácter social y, en su caso, alquileres de inmuebles, en la cuantía que se consigne en los Presupuestos Generales del Estado; un automóvil de representación; los servicios de seguridad que las autoridades del Ministerio del Interior estimen necesarios; y disfrutarán de libre pase en las compañías de transportes terrestres, marítimos y aéreos regulares del Estado; además de una pensión vitalicia que ronda los 75.000 €.

Por otra parte, todos ellos son miembro natos del Consejo de Estado, de forma vitalicia, siempre y cuando manifiesten su voluntad de incorporarse a él, por lo que reciben otros 75.000 €. El único expresidente que forma parte del Pleno del Consejo de Estado es Zapatero ya que González renunció a ello y Aznar, aunque si que declaró su interés a formar parte del mismo, no llegó a tomar posesión.

Como expresidentes, se espera de ellos un papel de defensa y representación del país que les reconoce su condición especial y les concede generosas prerrogativas sin ninguna obligación. A nivel personal debemos exigirles que mantengan una actitud discreta y prudente, de perfil bajo, ser figuras aglutinadoras y ejemplares, aportando y aprovechándonos de su basto conocimiento y experiencia, además de su amplio caudal de contactos, para el mejor funcionamiento de las instituciones y la proyección exterior de nuestro país, pero sin interferir o distorsionar la marcha del gobierno de turno, es decir, siempre al servicio y con sentido de Estado, sumando en vez de restar. O como decía Baltasar Gracián, “por grande que sea el puesto, ha de mostrar que es mayor la persona”.

Pero para ello debemos resolver varias claves, empezando por superar las lógicas partidistas y que no sean infrautilizados por quienes están ahora en el poder por temor a su crítica, mantener el poder y no parecer débiles; identificar qué papel queremos que ejerzan los expresidentes y cuál es el mejor lugar desde el que poder hacerlo; institucionalizar su figura y reconocerles un papel más relevante y con mayor capacidad que el Consejo de Estado; pero también modificar el Estatuto del Expresidente y conferirles no sólo derechos sino obligaciones que limiten aquellos aspectos que rayan con la ética pública. El debate está servido.

* Éste artículo ha sido escrito para la edición en español de la revista “Campaigns & Elections”número 35, de septiembre-octubre de 2013. Entregado el 9 de agosto de 2013.

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