La izquierda española ante su mayor desafío

Feb 07

La izquierda española ante su mayor desafío

Aunque se dice que la socialdemocracia lleva en crisis desde que nació, no es ninguna sorpresa que en los últimos años no atraviesa su mejor momento. Sin necesidad de recurrir al paradigmático hundimiento del PASOK,  el SPD alemán no supera desde hace años el 25% de votos, el Partido Socialista Francés podría bajar hasta la cuarta o quinta posición en las próximas elecciones de abril y, según un estudio de la Sociedad Fabiana, el Partido Laborista podría caer hasta el 20% del voto, diez puntos menos que en 2015.

España tampoco es ajena a este contexto europeo de devaluación de la marca socialdemócrata y el PSOE ha pasado del 46% del voto en 2008 –último año en que ganó las elecciones- al 22% de los últimos comicios en 2016. En el caso español, como agravante, asistimos al mayor proceso de transformación política desde la transición a la democracia de finales de los setenta.

El hundimiento del sistema financiero de 2008 provocó en nuestro país también el estallido de la burbuja inmobiliaria dando lugar a una crisis no sólo económica, sino política, social, institucional y territorial. La gestión de la crisis del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero fue semejante a la que implementaron los partidos liberales y conservadores europeos, con políticas de austeridad y reformas laborales que determinaron un descenso salarial, lo que provocaría más adelante un gran descenso electoral y pérdida de militancia.

En paralelo, surgieron  movimientos como el de los “indignados” o 15M (recordado por su acampada en la Puerta del Sol de Madrid durante casi un mes) que demandaban una democracia más participativa así como una mayor transparencia y otras mejoras del sistema democrático.

En enero de 2014 se presentaba en sociedad Podemos, un nuevo partido liderado por Pablo Iglesias, heredero del movimiento 15M, que rechazaba una determinada adscripción ideológica y se definía como antiestablishment. Lo cierto es que esta formación, además de los movimientos sociales, nació articulada por el partido Izquierda Anticapitalista y algunos la califican de populista de izquierdas.

La aparición de nuevos partidos  -el mencionado Podemos y el autocalificado liberal progresista Ciudadanos- amenazaba el tradicional bipartidismo PP-PSOE, pero lo que significaba realmente era el fin de la unidad del electorado de izquierda.

La nueva situación política, en lugar de hacer reaccionar a los partidos tradicionales y servirles de estímulo, les puso a la defensiva, no sabiendo leer los motivos del abandono de su electorado, y no siempre para irse a otro partido.

El PSOE, que perdió las elecciones de 2011 obteniendo su peor resultado hasta entonces, no comprendió que el mundo es mucho más complejo para aplicar las acostumbradas recetas socialdemócratas y, en lugar de analizar y reflexionar sobre las causas de su derrota, se enzarzó con Podemos en un inacabable debate sobre quién era más izquierdas, más preocupados por defender los símbolos, políticas públicas, usos y costumbres de la mitología obrera de toda la vida antes que intentar afrontar los problemas más inmediatos de la socialdemocracia actual.

El resultado ha sido una caída a cámara lenta del capital electoral del PSOE frente a una ciudadanía que exigía y exige respuestas distintas, creativas, tanto para los problemas nuevos como para los viejos.

La paradoja es que, según la macroencuesta preelectoral publicada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en junio de 2016, los españoles se definen principalmente como socialistas (14,5%), progresistas (11%) y socialdemócratas (6,9%), frente a conservadores (12,8%) y liberales (11%). Es decir, y por simplificar, un 32,4% se declara de izquierdas. Sin embargo, esta identificación ideológica no se traslada a las urnas, dejando huérfanos a muchos votantes de izquierdas que no se reconocen en ninguna oferta partidista.

Después del mal resultado electoral de 2011, las elecciones del 20 de diciembre de 2015 y 26 de junio de 2016 no han hecho sino agravar la crisis del PSOE cosechando el peor resultado de su historia.

El PSOE arruinó un importante capital socialdemócrata durante la gestión de la crisis descuidando la función principal de los partidos socialdemócratas europeos (actuar con pragmatismo, llevando a cabo políticas económicas para reducir las desigualdades económicas, y gestionar con mano de hierro en guante de seda una economía orientada al crecimiento equilibrado y a la innovación), adoleciendo de ningún tipo de autocrítica por su estrategia política, sus políticas económicas y sociales; siendo percibido por una amplia capa de la sociedad como un “traidor a su clase”. Pese a ello, todavía no ha analizado con frialdad la causa principal de su derrota electoral en 2011 y las sucesivas elecciones (europeas, autonómicas, locales y generales) sino que ha preferido emplearse en pelear por la hegemonía de su menguante electorado con Podemos (partido que se alió en las últimas elecciones con Izquierda Unida, herederos del Partido Comunista, para mejorar sus resultados tras la repetición electoral) que anhelaba con superar al PSOE y convertirse en la nueva referencia de la izquierda. El resultado de las últimas elecciones, prácticamente similar al de seis meses antes (PSOE 22,6%, Unidos Podemos 21,1%), fue un castigo para ambos.

Así, la radiografía actual de los dos principales partidos de la izquierda española es la siguiente. El PSOE acumula nueve años de retroceso en las urnas, ha perdido más de 20 puntos de apoyo popular y centenares de cargos públicos. Los problemas de los que adolece este histórico partido no quedan reducidos a la ausencia de liderazgo -tras la polémica dimisión de Pedro Sánchez como secretario general, dos años y tres meses después de que fuera elegido por los militantes-; sino la pérdida de talento y ausencia de ideas; la endogamia y un modelo de partido donde la meritocracia brilla por su ausencia; sufriendo un tremendo desgaste estructural y de imagen pública al ofrecer públicamente un espectáculo bochornoso y autodestructivo de lucha de poder interno. Con dificultad para conectar con los ciudadanos, incapaces de dar respuestas a sus electores tradicionales y a otros muchos que no acaban de verse representados por ninguna de las actuales formaciones políticas -empleando el tiempo más en discutir sobre sí mismos que sobre las preocupaciones de los ciudadanos-, su principal apoyo reside en la España rural, mientras se hunde en las urbes, especialmente entre los nichos más jóvenes y cualificados del electorado. Dirigido actualmente por una gestora, el congreso en el que resolverá su liderazgo y tratará de rearmarse ideológicamente, será el 17 y 18 de junio.

Por su parte, Podemos, que en su corta historia había sido un proyecto político cuya argamasa era más la suma de los deseos de las minorías individuales de las izquierdas que la construcción de un partido con una visión y misión única y clara; ahora se encuentra inmerso en las dudas existenciales de toda formación política con tres estrategias políticas en colusión (pablistas -su secretario general-, errejonistas -su número dos y secretario político- y anticapitalistas -de orientación marxista-). El 11 y 12 de febrero se celebrará su II Asamblea Ciudadana para resolver sus contradicciones y deseos entre el ser y el querer, entre la reivindicación sin resultados o la puesta en valor del poder político como elemento de transformación de la realidad.

Ante este panorama confuso y volátil, la izquierda se vuelve a plagar de votantes desencantados, decepcionados y desorientados, tanto con el PSOE como con Podemos. Son una bolsa de varios millones de ciudadanos que no encuentran alternativas de voto y se convierten en abstencionistas, indecisos o enfadados. Son los huérfanos de la izquierda.

Para recuperar la confianza e ilusión del votante, el PSOE debe ofrecer un proyecto socialdemócrata moderno, coherente, consistente y creíble siendo más propositivos y menos defensivos. Si algo define el momento histórico por el que atraviesan nuestras sociedades es la transformación profunda. Por tanto, la izquierda debe enarbolar la bandera del cambio, siendo más valiente en sus propuestas, y ocupar el centro del debate imponiendo temas en la agenda pública respecto a políticas vinculadas a los valores igualitarios y progresistas de la socialdemocracia como el sistema educativo y sanitario, afrontar la dualidad del mercado laboral, protección frente al desempleo,  cómo adaptar el Estado de Bienestar para afrontar el progresivo envejecimiento de la población, qué reforma tributaria realista implementar…

En un contexto global en el que la socialdemocracia pierde fuerza, el proyecto europeísta está amenazado por la emergencia de los nacionalismos y de los populismos, a la vez que se extiende la incertidumbre en el mundo, la socialdemocracia debe construir un nuevo relato adaptado a nuestra compleja sociedad, un marco diferente, que ilusione y motive a toda la ciudadanía, que está ávida de nuevas formas de hacer política, sentirse verdaderamente representada y convertir la indignación en cambio político.

La socialdemocracia debe apostar por una agenda reformista que se aborde con audacia, riesgo y valentía, con un lenguaje renovado, claro, directo, sincero, inclusivo y actual, que emocione, sin eufemismos ni retóricas excluyentes, dirigido a toda la gente, no sólo a la izquierda. En definitiva, la socialdemocracia debe encontrar su lugar en el nuevo escenario mundial, adaptándose tanto a los nuevos códigos de la política y recientes experiencias de lucha, como a los cambios sociales y económicos con una línea de pensamiento propia que restablezca puentes con su ideario clásico, ofreciendo soluciones creativas y realistas a los nuevos problemas con que nos enfrentamos para volver a hacer del PSOE el vehículo de las demandas populares. Es decir, ser vanguardia de las ideas y seducir a amplias capas de la población, tanto por edades, como por nivel socioeconómico y distribución territorial, y recuperar la conexión con las capas más avanzadas de la sociedad, algo que es propio de un partido progresista.

Por tanto, la izquierda española se encuentra ante su mayor desafío. Es el momento de cambiar el rumbo para conectar de nuevo con los ciudadanos, ofrecer alternativas de políticas públicas para cambiar España o, de lo contrario, la derecha seguirá ganando por incomparecencia de alternativas hasta el fin de los tiempos.

* Artículo publicado originalmente en la revista “The Progressive Post”: “The Spanish left faces its greatest challenge”.

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