Cuando a inicios del presente siglo el uso de internet se convirtió en algo masivo y aparecieron las primeras redes sociales, los discursos sobre su impacto en la calidad de nuestra democracia eran muy optimistas, apelando a la potencialidad que la participación y transparencia introducían en nuestro sistema político. Sin embargo, dos décadas después, el resultado es bien distinto al imaginado. Es cierto que las redes sociales han introducido cambios –a veces muy positivos- en la manera de relacionarnos y comunicarnos en la arena política, pero también hay que considerar aspectos que pueden ser considerados como amenazas.

Esos elementos negativos que han introducido las nuevas tecnologías de la información y que han modificado nuestra forma de ver el mundo y condicionado nuestra percepción de la realidad es lo que aborda en este libro la escritora y política Irene Lozano.

A través de cinco bloques analiza en profundidad y de forma didáctica la crisis de la racionalidad y la comunicación que amenaza la democracia actual y que los populismos tratan de desdibujar para que, como le sucedió a don Quijote, confundamos molinos con gigantes. Se trata, sin duda alguna, de una muy recomendable publicación a través de la cual comprender los fenómenos actuales que rodean a la política y la comunicación.

Así, en el primer bloque trata de responder a la pregunta de por qué la desinformación daña la democracia. De forma muy divulgativa explica cómo los populismos y la ultraderecha construyen la arquitectura de la polarización que va erosionando poco a poco el debate público, exacerbando la polarización y la división de la sociedad y, finalmente, apuntalando la desconfianza en las élites. Esto se produce en un contexto en el que estamos retornando al tribalismo político (ellos contra nosotros) y, en paralelo, las certezas sobre el futuro son inexistentes o falsas, por lo que los ciudadanos, para abandonar la incertidumbre, sustituyen la política racional –de debate y consenso- por identidad –que se acepta o rechaza-.

A continuación introduce el concepto de Hugo Mercier y Dan Sperber sobre vigilancia epistémica, es decir, cómo la confianza social y en las instituciones está estrechamente relacionada con la información. Sin embargo, debido a la desinformación, no sólo tenemos una visión sesgada de la realidad, sino que tampoco somos conscientes de nuestros sesgos, especialmente los de confirmación (sólo buscamos y aceptamos información que respalde nuestro punto de vista). Por tanto, nos encontramos en una situación en la que la desinformación mina la confianza en las instituciones, especialmente en las élites (que acrecienta la división entre nosotros y el establishment), y es cuando las razones sencillas de los populismos entran en juego para solucionar los problemas de la sociedad.

Por este motivo, en el tercer bloque, habla sobre la diferencia entre informarse o creer. La revolución tecnológica ha cambiado nuestra relación con la información y la manera de informamos, lo que ha acarreado consecuencias cognitivas y políticas. El “torrente mediático” (Todd Gitlin) en el que vivimos ha generado que la información pierda su valor económico, social e intelectual, es decir, ha dejado de ser un bien valioso. Paradójicamente, “el exceso de información equivale a un empobrecimiento de la atención” (Herbert Simon) en el que el éxito de un contenido en redes sociales depende del número de clics, prefiriendo los editores las noticias entretenidas o llamativas sobre las relevantes o más profundas. Desbordados por el “diluvio de datos”, los ciudadanos han desarrollado un escepticismo radical sobre buena parte de la información que reciben, no siendo capaces de evaluar su calidad y utilidad (crisis de la vigilancia epistémica), ni reflexionar sobre ella. Por ello, nuestra mente establece una relación distinta con el contenido dependiendo de quién sea el informante, es decir, creeremos a aquellos en los que confiemos, independientemente de que lo que afirmen sea verdadero o falso.

Además, la arquitectura de la información, es decir, la forma en que se nos presenta el contenido viene trufada de fenómenos como la “burbujas de información”, cascadas de información o conformismo o la teoría del nudge que fomentan una asimilación tendenciosa y fragmentada que refuerza nuestras creencias previas.

En el cuarto bloque explica cómo la información nos elige. Las redes sociales están diseñadas para atrapar nuestra atención de la forma más adictiva posible y pasar el mayor tiempo en ellas. Esto contribuye a que tengamos una visión sesgada del mundo gracias a las “cámaras de eco” o los “filtros burbuja”, es decir, la creación de un entorno de confort porque lo que nos ofrece el mundo se parece a nosotros mismos. Es lo que la autora denomina el “algoritmo intolerante”, porque al redirigir nuestra atención hacia aquello que ya pesábamos, ratifica el sesgo de confirmación y nos aleja de quienes piensan diferente. En resumen, el proceso de informarse se acaba pareciendo al de creer, contribuyendo de paso a desproveer a los medios de comunicación tradicionales de sus funciones esenciales de vigilancia epistémica, dándose la paradoja de que estamos mejor informados y somos más manipulables que nunca.

En el bloque final, y como respuesta, propone recuperar el control y esboza algunas recomendaciones para combatir la crisis de vigilancia epistémica que beneficia al populismo y la libre difusión de desinformación en cualquiera de sus modalidades (bulos, fake news, rumores…). Y concluye con esta recomendación: busquemos la verdad porque “teniendo presente que al defender la verdad estaremos protegiendo asimismo a la democracia”.

* Reseña destacada para La revista de ACOP nº 60, mayo de 2021.

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