Breve antología del llanto en política
nov 10
La tercera acepción del diccionario de la Real Academia de la Lengua para el término llorar lo define como “sentir vivamente algo“. Aunque estemos acostumbrados a sus estudiadas poses, frases calculadas y comportamiento correcto y predecible, los políticos a veces se ven superados por las emociones y muestran su lado más humano. Sometidos a una gran presión, el llanto se convierte en la expresión y vía de escape de las más diversas emociones: alegría, tristeza, impotencia, rabia, dolor…
En un mundo tan calculado como es el del marketing político, siempre nos quedará la duda de si las lágrimas son verdaderas o una expresión forzada, habida cuenta de que, en lugar de demostrar debilidad, hacen más fuerte a quien derrama lágrimas en público puesto que le humaniza, le convierte automáticamente en una persona sensible a las cuestiones que nos preocupan (“es uno de los nuestros”), generando nuestras simpatías y empatía hacia quien es capaz de hacer en público algo que consideramos privado, como es mostrar nuestros sentimientos más íntimos.
Todos los políticos no son iguales y no todos son capaces de hacer gala de este liderazgo emocional, porque, como afirma Antoni Gutiérrez Rubí hablando de la política de las emociones, “aceptada la ‘inteligencia emocional’, los políticos comienzan a valorar la gestión de las emociones como vehículo decisivo para generar los sentimientos que les permitirán transmitir -de manera que se perciba- un determinado mensaje en las mejores condiciones”.
Sin ánimo de ser exhaustivo, sirva esta breve antología del llanto en política como ejemplo de lo anterior.















